COMO UN PERSONAJE MÁS EN EL BELÉN DE SALZILLO (VII)


En esta ocasión me vestiré de paje para sustituir al que  lleva el rey Melchor que amablemente me ha dejado su lugar, aunque realmente yo solo soy un palafrenero, el criado que llevaba el caballo cogido del freno.

Me visto con jubón entallado de mangas largas abotonado hasta el cuello, calzón a juego,  medias de seda, y zapatos tipo chinela con lazo en el empeine, me coloco un pañuelo, a modo de faja, en la cintura haciéndole un gran lazo para que cuelgue sobre mi lado izquierdo y mi cabeza la cubro con un sombrero rematado con plumaje.

 

Mi delicado ropaje contrasta con el de los pastores, labriegos, y del lazarillo del ciego de la zanfona que tan magistralmente ha vestido Salzillo a sus personajes.

Voy delante de mi señor Melchor que monta un negro caballo de pura raza árabe. En el camino nos hemos encontrado con otros dos señores, procedentes de lugares lejanos, que llevan briosos corceles y son guiados por otros palafreneros igual que yo.

Mi amo, saluda a los otros dos señores con la cortesía propia de personajes importantes, y a partir de ese momento los tres unidos con sus respectivos séquitos caminamos juntos siguiendo una estrella. Es luminosa y centelleante diferente a las otras estrellas que brillan en el firmamento.

Hemos cruzado por terrenos desérticos y polvorientos nos hemos detenido en verdes oasis donde crecen las palmeras y árboles frutales y hemos apagado nuestra sed en fuentes de aguas frescas y cristalinas. Y la estrella sigue allí, en el cielo limpio, indicándonos el camino que hemos de seguir.

Yo, junto con los otros dos pajes que van vestidos con ricos atuendos, como corresponden a los señores que servimos, observamos que la estrella se detiene cuando la comitiva lo hace.

Una de las noches que estábamos guardando los caballos vimos que la estrella había desaparecido y así se lo comunicamos a nuestros señores. A la mañana siguiente, mi señor Melchor, que era el de más edad, indico el camino que teníamos que seguir.

Después de varias jornadas subiendo y bajando colinas por un terreno inhóspito divisamos un majestuoso templo. Me atreví a preguntar a mi señor Melchor que ciudad era la que divisábamos y me contestó: Jerusalén. Su templo marmóreo brillaba esplendido a la luz del sol y hacia allí nos dirigimos.

Cruzamos sus calles abigarradas y estrechas hasta llegar al palacio del Rey que se encontraba no muy lejano del majestuoso templo.

Los tres pajes nos quedamos en los laterales de una gran sala adornada con tapices y candelabros mientras nuestros señores dialogaban con el rey. Él se llamaba Herodes y era el que había mandado construir el templo en el centro de la ciudad para que los judíos pudieran visitarlo, orar allí y ofrecer sus holocaustos al Señor.

Mi señor Melchor dirigiéndose al rey le preguntó ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.

       A mí me extrañó que mi señor Melchor le preguntara al propio rey ¿dónde había nacido el rey de los judíos? ¿Acaso no era Herodes el rey?

       “Herodes, convocó a todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo.

Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta:

       Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los principales ciudades  de Judá; porque de ti saldrá un jefe, que apacentará a mi pueblo, Israel”.

Herodes, que estaba bastante desconcertado, les preguntó cuándo habían visto la estrella. Se lo comunicaron y él les pidió que fueran a Belén y a su vuelta le informaran, porque él, también, quería ir a adorarle.

Hacia Belén dirigimos nuestros pasos y tan pronto como dejamos Jerusalén apareció nuevamente la estrella. Nuestros señores se alegraron mucho y nosotros, los pajes, también. Por fin, íbamos a ver lo que nuestros amos estaban buscando, con tanto interés, desde hacía un par de años.

Sobre una colina encontramos la pequeña aldea de Belén que tendría unas treinta o cuarenta casas. Cuando llegamos con nuestro séquito casi toda la población salió a ver lo que pasaba. La estrella se posó sobre una modesta casa y nos dirigimos hacia ella.

Yo, que era el paje mayor me adelanté y toque la puerta. Al abrirse encontramos a María a José y al Niño. Nuestros señores se postraron ante aquel precioso Niño y nosotros los pajes hicimos lo mismo. Melchor, Gaspar y Baltasar, que esos eran los nombres de aquellos señores, nos ordenaron a los pajes que trajésemos los presentes que llevaban en las alforjas.

Ellos cogiéndolos los pusieron a los pies de aquel hermoso Niño que nos sonreía. Melchor le ofreció oro, Gaspar incienso y Baltasar mirra y yo como no tenía nada le ofrecí mi corazón.

Me quedé mirando la entrañable escena y así sigo año tras año mientras haya alguien que instale un belén y coloque los Reyes Magos con sus pajes.

 

 


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