El belén una fiesta de los niños


Decía San Juan Pablo II que la Navidad era la fiesta de los niños porque es la fiesta del Niño Jesús, la de un recién nacido en el pueblecito de Belén, por eso podemos decir: belen una fiesta de los niños.

Los niños preparan su belén

El belén es la fiesta donde los mayores junto con los pequeños preparan, con mimo, un lugar para representar lo que ocurrió hace más de dos mil años. En muchos hogares del mundo se reconstruye el ambiente en que nació el Salvador. El establo o pesebre ocupa el lugar central, durante esos días, de la Iglesia y también ocurre en las casas donde se hallan instalado las escenas del pesebre.

Allí, en esa cueva, o una humilde casa construida con unas maderas o corcho,  fijamos la mirada porque allí está el Niño, María y José. Y nosotros, como hicieron los pastores aquella noche, le llevamos nuestros presentes que son miradas llenas de amor a esa madre que acaba de tener un hijo por obra del Espíritu Santo y San José que lleno de felicidad contempla esa maravillosa escena.

Y miramos la estrella que anuncia que allí, en ese pobre lugar, ha nacido el Hijo de Dios. Y del corazón nos salen alegres villancicos que alegran al Niño, “que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al nacimiento! ¡Qué profundos sentimientos contienen y, sobre todo, cuánta alegría y ternura expresan hacia el divino Niño venido al mundo en la Nochebuena.

Palabras de San Juan Pablo II

¡Queridos amigos! En lo sucedido al Niño de Belén podéis reconocer la suerte de los niños de todo el mundo. Si es cierto que un niño es la alegría no sólo de sus padres, sino también de la Iglesia y de toda la sociedad, es cierto igualmente que en nuestros días muchos niños, por desgracia, sufren o son amenazados en varias partes del mundo: padecen hambre y miseria, mueren a causa de las enfermedades y de la desnutrición, perecen víctimas de la guerra, son abandonados por sus padres y condenados a vivir sin hogar, privados del calor de una familia propia, soportan muchas formas de violencia y de abuso por parte de los adultos. ¿Cómo es posible permanecer indiferente ante al sufrimiento de tantos niños, sobre todo cuando es causado de algún modo por los adultos?

Es justamente así: este Niño, ahora recién nacido, cuando sea grande, como Maestro de la Verdad divina, mostrará un afecto extraordinario por los niños. Dirá a los Apóstoles: « Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis », y añadirá: « Porque de los que son como éstos es el Reino de Dios » (Mc10, 14).

En efecto, ¿qué quiere decir: « Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos »? ¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos? En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los cielos. Al cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios.

 


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